El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
qué, pero me parece que hoy, seguramente, vamos a ver a Pegaso. En todo aquel día no quiso apartarse ni un mo- mento de su lado. Juntos comieron un pedazo de pan y bebieron agua de la fuente. Por la tarde se sentaron uno junto al otro y el niño colocó una de sus menudas manos entre las de Belerofonte. Este se hallaba sumido en sus pensamientos y miraba distraído los troncos de los árboles que daban sombra a la fuente y las vides que trepaban por sus ramas. Pero el niño no dejaba de observar el agua; por su ca- riño a Belerofonte, le afligía pensar que la es- peranza de aquel día fallase, como la de tantos otros, y de sus ojos corrieron algunas lágrimas silenciosas, yendo a mezclarse con las muchas que, según decían, había vertido Pirene por su hijo muerto. Cuando menos lo pensaba, sintió Belerofonte la presión de la manecita del niño y oyó un su- surro casi imperceptible: -¡Mira ahí, querido Belerofonte! Hay una ima-
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