El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

hubiese tomado tanto cariño y no se cansase de su compañía. Todas las mañanas le infundía una nueva esperanza que reemplazaba la que había perdido el día anterior. -Querido Belerofonte -exclamaba, mirándole animosamente-, creo que hoy vamos a ver a Pegaso. Y, si no hubiera sido por la inagotable fe del muchachito, Belerofonte habría acabado per- diendo toda esperanza y habría vuelto a Licia e intentado matar a la Quimera sin ayuda del ca- ballo con alas. Entonces, el pobre Belerofonte habría sido, como mínimo, terriblemente cha- muscado por el aliento del monstruo y, proba- blemente, habría muerto devorado. Nadie podía ni intentar combatir con una Quimera terrestre sin ir montado en algún animal aéreo. Una mañana habló el niño a Belerofonte con más fe todavía que de costumbre. -Mi querido Belerofonte -exclamó-, no sé por

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