El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
puestas en la mano las riendas doradas, con sus piedras brillantes y su bocado de oro. Los campesinos que vivían allí cerca y llevaban su ganado a beber en la fuente se reían a menu- do del pobre Belerofonte y en ocasiones se burlaban de él con dureza. Le decían que un hombre robusto como él debía hacer algo más útil que perder el tiempo en tan ocioso asun- to. Le ofrecían venderle un caballo, si lo nece- sitaba, y como Belerofonte se negó a la com- pra, quisieron comprarle a él la hermosa brida. Hasta los niños la tomaron con él y jugaban allí cerca sin que Belerofonte les hiciera caso al- guno, aunque naturalmente los oía y los veía. Uno de esos chiquillos hacía de Pegaso, por ejemplo, y daba los saltos más extravagantes, haciendo como que volaba; mientras tanto, uno de sus compañeros iba tras él, llevando en la mano un par de juncos que representaban la lujosísima brida de Belerofonte. Pero el niño bondadoso que había visto la imagen de Pega- so en el agua alentaba al joven forastero más que todos los chiquillos malvados que intenta-
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