El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
que iba muy alto por el aire. Y otra vez, cuan- do venía a la fuente con mi cántaro, oí un re- lincho, pero ¡qué relincho más fuerte y melo- dioso! Con la delicia de aquel son me dio un salto el corazón; pero me asusté, sin embargo, y eché a correr a la casa sin llenar el cántaro. -¡Fue una lástima, en fin! -dijo Belerofonte y se volvió hacia el niño que mencioné al princi- pio del cuento y que estaba mirándole fijo, fijo, como suelen los niños mirar a los foraste- ros, con su rosada boquita abierta de par en par. -¡Eh, amiguito! -exclamó Belerofonte tirándole cariñosamente de uno de los rizos-. Supongo que tú habrás visto a menudo el caballo con alas. -Sí que lo he visto -respondió el niño vivamen- te-. Lo vi ayer, y muchas veces antes. -¡Eres un hombrecito! -dijo Belerofonte acer- cándose a él-. Ven y cuéntame todo lo que sepas.
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