El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
eh! Pero, amigo, ¿estás en tus cabales? ¿Para qué le servirán las alas a un caballo? ¿Crees que tiraría bien de un carro? Lo que sí es cier- to es que alguna economía podría hacerse en el gasto de herraduras; pero ¿cómo había de gustarle a un hombre ver salir volando a su ca- ballo por la ventana de la cuadra, o encontrar- se con que le llevaba disparado por encima de las nubes, cuando solo quisiera ir al molino? No, no, yo no creo en Pegaso. Estos caballos- pájaro nunca han existido. -Yo tengo mis razones para pensar de otro modo -dijo Belerofonte con toda calma. Entonces se volvió hacia un viejo canoso que, apoyándose en una cayada, escuchaba atenta- mente con el cuello estirado y la mano en la oreja, porque hacía ya veinte años que se había quedado un poco sordo. -¿Qué dices tú, venerable anciano? -le pregun- tó-. Supongo que cuando eras más joven ve- rías con frecuencia al caballo alado.
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