El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

de la orilla. También algunas veces (pues Pegaso era muy delicado para la comida) pacía unos cuantos brotes de trébol de los más tiernos. Así pues, los tatarabuelos de la gente que en- tonces vivía habían tenido costumbre de ir a la fuente de Pirene (mientras eran jóvenes y se- guían creyendo en caballos con alas) con la es- peranza de ver un instante al hermoso Pegaso; pero en los últimos años muy rara vez se le había visto. Tanto era así que muchos aldea- nos cuya casa estaba a menos de media hora de paseo de la fuente no habían visto nunca a Pegaso ni creían en la existencia de semejante criatura. Y el campesino a quien se dirigió Be- lerofonte era precisamente una de esas perso- nas incrédulas. Y esta fue la razón de que se riese. -¿Pegaso? ¡Sí, sí! -exclamó dilatando las nari- ces todo lo que pueden dilatarse unas narices chatas-: ¡Sí, sí, Pegaso! ¡Un caballo con alas,

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