El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
cielo y que, habiendo descendido demasiado bajo, se había extraviado entre nieblas y vapo- res y buscaba el camino para volver. Era muy bonito ver cómo se hundía en el seno lanoso de una brillante nube, perdiéndose en ella por un momento y atravesándola para salir al otro lado. En medio de un sombrío aguacero, cuan- do todo el cielo estaba pavimentado de nubes grises, sucedía a veces que el caballo alado ba- jaba a plomo a través de ellas y la luz alegre de las regiones superiores brillaba tras él. Cierto es que un instante después, tanto Pegaso como la gozosa luz habían desaparecido; pero el que había tenido la fortuna de ver aquel maravilloso espectáculo estaba animado todo el día, y más aún si la tormenta se prolongaba. En verano, en lo más hermoso de la estación, Pegaso solía bajar a la tierra y, cerrando sus alas de plata, se entretenía en galopar por va- lles y colinas con la rapidez del viento. Más a menudo que en ningún otro sitio se le solía ver junto a la fuente de Pirene, bebiendo su agua deliciosa o revolcándose por la blanda hierba
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