El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-Sí, primo Eustace -exclamó Siempreviva-: te aconsejo que nos cuentes aquí un cuento. Elige un asunto muy elevado, y a ver si tu ima- ginación se pone a la altura necesaria. A lo mejor el aire de la montaña te pone poético aunque solo sea por una vez. Y no importa que la historia sea extraña y maravillosa. Ahora que nos encontramos entre nubes, estamos dispuestos a creerlo todo. -¿Serás capaz de creer -preguntó Eustace- que hubo una vez un caballo con alas? -Sí -dijo la maliciosa Siempreviva-; pero temo que tú no conseguirás atraparlo nunca. -Bueno, Siempreviva -dijo el estudiante-, eso no me parece muy difícil. Creo que puedo atrapar a Pegaso y cabalgar sobre su lomo por lo menos tan bien como una docena de indivi- duos que conozco. Ahora os contaré un cuen- to que se refiere a él, y el lugar más a propósi- to del mundo para contarlo es, sin duda, la cumbre de un monte.

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