El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

falta que estuviese lleno. Cada vez que un huésped honrado, de buen talante y de buen corazón, bebía un trago de aquel cántaro, comprendía que era el líquido más agradable y nutritivo que hubiese bebido nunca. Pero, si un pillo de mal carácter, terco o malin- tencionado, acertaba a beber de él, siempre hacía una mueca de desagrado y decía que la leche estaba cortada. De este modo vivió el matrimonio, ya tan viejo, en su palacio y envejeció más y más. Por fin llegó una mañana de verano en que File- món y Baucis no aparecieron sonrientes, como de costumbre, para llamar a sus huéspedes de la noche anterior al desayuno. Los huéspedes los buscaron por todas partes en el espacioso palacio, pero fue inútil. Por fin, después de mucha perplejidad, vieron frente al pórtico dos árboles venerables que nadie pudo recordar haber visto en ese sitio el día anterior. Allí estaban, con las raíces fuerte- mente hundidas en tierra, y anchas copas, y

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