El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
cuando muramos. Porque ¡siempre nos hemos amado! -¡Así sea! -repuso el viajero con majestuosa bondad-. Y ahora, mirad vuestra casa. Así lo hicieron; pero ¡cuál fue su sorpresa al encontrarse con un gran edificio de mármol blanco, con grandioso pórtico, que ocupaba el sitio donde hasta hace un momento estaba su humilde morada! -Esa es vuestra casa -dijo el viajero, sonriendo benévolamente-. Practicad la hospitalidad en este palacio tan cordialmente como en la pobre choza donde ayer tarde nos recibisteis. Los ancianos se arrodillaron para darle las gra- cias; pero ya ni él ni Azogue estaban allí. Así, Filemón y Baucis se instalaron en el pala- cio de mármol y pasaron días y días con gran satisfacción, recibiendo e invitando a cuantos viajeros pasaban por aquel camino. No debo olvidar que el cántaro conservó su virtud ma- ravillosa de no estar nunca vacío cuando hacía
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