El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-¡Ah! -exclamó Baucis estremeciéndose-. ¡Por todo el oro del mundo no pondría ni una en la sartén! -No -añadió Filemón con un gesto de desagra- do-; ¡no las podríamos tragar! -En cuanto a ti, buen Filemón -prosiguió el via- jero de más edad-, y a ti, amable Baucis, con vuestros escasos medios habéis puesto tanta cordialidad para recibir a unos pobres cami- nantes que la leche se ha convertido en inex- tinguible fuente de néctar, y el pan y la miel en ambrosía. Así, las divinidades han tenido en vuestra casa los mismos manjares que toman en sus banquetes del Olimpo. Habéis hecho bien, queridos amigos. Por lo tanto, pedid lo que más deseéis, y está concedido. Filemón y Baucis se miraron, y luego no sé cuál de los dos habló; pero lo que uno dijo era el deseo de sus dos corazones. -Nos gustaría vivir juntos hasta el último día y salir de este mundo en el mismo instante,

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