El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
tua de piedra. Lo primero que has de hacer es pulir el escudo, hasta que puedas verte en él como en un espejo. Esto le pareció a Perseo un principio de aven- tura más bien extravagante, pues pensó que más importante sería que el escudo fuera lo bastante fuerte para defenderle de las garras de bronce de la gorgona, que el que estuviese lustroso para poder verse la cara en él. Pero pensando que Azogue sabía más que él, inme- diatamente puso manos a la obra y frotó el es- cudo con tal diligencia y buen deseo que pron- to brilló como la luna en el mes de diciembre. Azogue lo miró y sonrió, en señal de aproba- ción. Entonces, quitándose la espada corta y retorcida, se la colgó a Perseo del cinto, en vez de la que llevaba. -No hay espada en el mundo más apropiada al propósito que llevas -observó -. La hoja tiene un temple excelente y corta el hierro y el acero como tallos tiernos.
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