El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

grandeza, sin perder su serenidad por ello, que ni Filemón ni Baucis se atrevieron a pro- nunciar palabra. Lo miraron a la cara con reve- rencia, como si mirasen al cielo. -Cuando los hombres no quieren portarse con el más humilde de los extraños como si fuese hermano suyo -dijo el viajero en un tono tan profundo que su voz sonaba como la música de un órgano-, no son dignos de existir sobre la Tierra, que fue creada para morada de la gran hermandad humana. -Y, ahora que hablamos de eso, viejos de mi alma -dijo Azogue con la mirada más alegre del mundo-, ¿dónde está el pueblo del que ha- blábamos? ¿A la derecha o a la izquierda? Me parece que no lo veo por ninguna parte. Filemón y su mujer se volvieron hacia el valle, donde, al ponerse el sol el día antes, habían visto las praderas, las casas, los huertos, los macizos de árboles, la calle ancha, los niños ju- gando y todas las señales del trabajo, la alegría y la prosperidad.

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