El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
que tenía un aire endemoniadamente maligno con esas serpientes que no dejaban de retor- cerse. Pero, pensándolo bien, Azogue mostra- ba tan buen humor que al fin y al cabo se ha- brían alegrado de tenerle en casa a él, su bas- tón y sus serpientes toda la vida. -¡Ay de mí! -exclamó Filemón cuando ya se ha- bían alejado un poco de la puerta-. Si nuestros vecinos supiesen lo bueno que es ofrecer hos- pitalidad a los forasteros, atarían sus perros y no volverían a permitir a sus hijos que tirasen una sola piedra. -Es un pecado y una vergüenza para ellos com- portarse así -exclamó con vehemencia Baucis- y hoy mismo bajaré al pueblo y les diré cuatro verdades a esos desalmados. -Temo -observó Azogue, sonriendo maliciosa- mente- que no vas a encontrar en casa a nin- guno de ellos. El entrecejo de su compañero adquirió preci- samente entonces tan grave, austera y terrible
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