El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

ran un poco más, hasta que Baucis ordeñase la vaca y cociese un panecillo en el horno; a lo mejor hasta les encontraba algunos huevos para el desayuno. Pero los viajeros querían andar buena parte del camino antes de que apretase demasiado el sol. Por lo tanto, insis- tieron en marcharse inmediatamente, pero pi- dieron a Filemón y a Baucis que los acompaña- sen un rato para enseñarles el camino que de- bían tomar. Así salieron los cuatro juntos de la casa, char- lando como antiguos amigos. Era extraordina- ria la rapidez con que los dos ancianos toma- ron confianza con el viajero de más edad, y cómo sus almas honradas y sencillas se per- dían en la suya como dos gotas de agua se perderían en el océano sin límites. Y Azogue, con su ingenio agudo y alegre, parecía descu- brir hasta el más pequeño pensamiento que apuntaba en su cabeza antes de que ellos mis- mos lo hubiesen sospechado. A veces les ha- bría gustado, es verdad, que no fuese tan listo, y casi casi que tirase a cien leguas su bastón,

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