El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

tuvieron en mejor posición que ahora, y me alegro en el alma de ver que cenan con tanto gusto. Cada uno de los huéspedes había cogido su ra- cimo de uvas. A Baucis, que se restregaba los ojos para ver más claro, le pareció que los raci- mos habían crecido y que cada uno de los gra- nos estaba a punto de estallar, maduros y ju- gosos. Y era completamente incomprensible para ella que tales uvas hubieran podido salir de la parra vieja que trepaba por las paredes de su casa. -¡Admirables uvas! -observó Azogue, que las iba tragando una tras otra sin que, al parecer, el racimo disminuyese-. ¿De dónde las coges, amable viejo? -De mi parra -respondió Filemón-. Desde aquí se pueden ver las ramas retorciéndose detrás de la ventana; pero mi mujer y yo nunca hemos creído que sean muy buenas. -Nunca las he comido mejores -respondió el

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