El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

taba en la cocina y era tan delicioso que, ce- rrando los ojos, al momento habríais creído estar bajo una glorieta de madreselvas. Aun- que la pobre Baucis era una mujer sencilla, no pudo menos de pensar que allí estaba pasan- do algo extraordinario. Así que, después de servir a sus huéspedes el pan y la miel, se sentó al lado de Filemón y le dijo en voz baja lo que había visto. -¿Has oído cosa parecida? -le preguntó. -No, nunca -respondió Filemón sonriendo-. Y creo más bien, querida mía, que has estado soñando despierta. Si yo hubiese servido la leche, habría visto lo que en realidad pasaba. A lo mejor había en el cántaro un poco más de la que tú creías, nada más. -¡Ay, marido! -dijo Baucis-, di lo que quieras, pero estas son gentes muy extrañas. -Bien, bien -respondió Filemón sin dejar de sonreír-, puede que lo sean. Desde luego, parece que en otros tiempos es-

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