El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

cuando ella y su marido lo comieron, estaba ya duro y seco, ahora estaba tierno como si acabase de salir del horno. Probando una miga que se había caído en la mesa, le pareció el pan más delicioso que había comido en su vida; casi no podía creer que ella misma lo hubiese amasado y cocido. Y, sin embargo, ¿de qué otra hogaza podía ser? ¡Y la miel! Más vale que no intente describiros el color y el olor exquisitos que tenía; su color era el del oro más puro y transparente, y olía a mil flores, pero flores como nunca han crecido en ningún jardín de la Tierra; para buscarlas, las abejas tenían que haber volado muy por encima de las nubes. Y lo maravilloso era que, después de revolotear sobre jardines de tan deliciosa fragancia e inmortal floración, se hu- biesen resignado a bajar otra vez a la humilde colmena del huerto de Filemón. Nunca miel de este mundo ha tenido el color, el sabor y el perfume de aquella. El aroma flo-

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx