El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

ma gota de leche al llenar el segundo tazón. Por lo tanto, era imposible que quedase más. Y, para que lo comprendiera, levantó el cánta- ro e hizo el movimiento de echar leche en el tazón de Azogue, sin la más remota esperanza de que cayese nada. ¡Qué grande fue su sor- presa cuando cayó tan abundante cascada que el tazón se llenó inmediatamente y la leche empezó a correr por la mesa! Las dos serpien- tes que estaban enroscadas en el bastón de Azogue alargaron la cabeza y empezaron a lamer la leche que se había vertido. Pero ni Fi- lemón ni Baucis repararon en este detalle. Y ¡qué deliciosa fragancia tenía! Parecía que las vacas de Filemón hubiesen pastado aquel día la hierba más rica del mundo. ¡Cómo me alegraría que pudieseis tomar vosotros un tazón de leche como aquella a la hora de cenar! -Y ahora, un poco de pan moreno, madre Bau- cis -dijo Azogue- y un poco de miel. Baucis cortó una rebanada y, aunque el pan,

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