El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
daba un poco de leche. ¡Ay, es triste cosa cuando un corazón generoso se encuentra apretado por la escasez! A la pobre Baucis le habría gustado pasar hambre toda una sema- na con tal de poder hacer el milagro de dar a los hambrientos viajeros cena más abundante. Y, como la cena era tan escasa, habría preferi- do que tuvieran un poco menos de apetito. En cuanto se sentaron, los viajeros se bebieron del primer sorbo casi toda la leche de los tazo- nes. -Un poco más de leche, madre -dijo Azogue-. El día ha sido caluroso y estoy sediento. -¡Ay de mí! -respondió Baucis, confusa-. ¡Me da tanta pena y tanta vergüenza! Pero la ver- dad es que apenas queda en el cántaro una sola gota. ¡Ay, marido, marido!, ¿por qué no nos habremos pasado sin cenar? -Me parece -dijo Azogue, levantándose y co- giendo el cantarillo por el asa-, me parece que no andan las cosas tan mal como dices. Seguro
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