El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
Recordaréis que el bastón de Azogue se había quedado apoyado en la pared de la casa. Bueno; pues cuando su dueño entró y lo olvi- dó, ¿qué hizo el bastón? Abrir inmediatamen- te las alas y subir, dando saltos, los escalones de la puerta. Tap, tap, tap, iba haciendo por el suelo de la cocina y no se quedó quieto hasta que llegó a colocarse, con gran seriedad y de- coro, junto a la silla de su amo. El anciano File- món y su mujer estaban tan atareados aten- diendo a sus huéspedes que no se dieron cuenta de lo que estaba haciendo el bastón. Como Baucis había dicho, la comida era escasa para dos caminantes hambrientos. En medio de la mesa había un trozo de pan negro con un pedacito de queso y en un plato un panal con miel. Sacaron un gran racimo de uvas para cada uno de los huéspedes. Y un cantarillo de barro, casi lleno de leche, estaba en un extremo de la mesa; pero, cuando Bau- cis sirvió dos tazones y los colocó ante los dos forasteros, en el fondo del cantarillo solo que-
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