El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
vestido tan modestamente y viajara a pie. No es que Filemón le tomase por algún príncipe disfrazado ni nada por el estilo; más bien creyó que sería algún hombre muy sabio que andaba por el mundo con atavío tan pobre despreciando la riqueza y los bienes terrenos y buscando por todas partes algo que pudiese aumentar su sabiduría. Esta idea parecía más probable, porque, cuando Filemón levantó la vista para mirar el rostro del viajero, le pareció ver más pensamiento en una sola mirada de las suyas que todo el que hubiese podido dar una vida entera consagrada al estudio. Mientras Baucis preparaba la comida, los via- jeros empezaron a charlar con Filemón muy amablemente. El más joven era extraordina- riamente locuaz y hacía observaciones tan agudas e ingeniosas que el buen hombre no podía por menos de echarse a reír, y pensaba que nunca había encontrado persona más di- vertida. -Amigo -le preguntó, cuando ya fue tomando
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