El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

El más joven de los viajeros se tendió descui- dadamente en el banco y dejó el bastón. Y su- cedió una cosa maravillosa. El bastón pareció levantarse del suelo con movimiento propio y, extendiendo su par de alas diminutas, fue medio volando, medio saltando, a apoyarse en la pared. Allí se estuvo quieto, pero las ser- pientes se retorcían. Esto vio Filemón; pero yo creo que los ojos cansados le hacían ver visio- nes. Antes de que pudiesen preguntar nada, el via- jero de más edad desvió su atención del bas- tón diciendo: -¿No había aquí, en tiempos muy antiguos, un lago que cubría el lugar donde ahora está la aldea? La voz del forastero era extraordinariamente grave. -No en estos tiempos, amigo -respondió File- món-, y eso que, como ves, soy ya viejo. Siem- pre hubo, como ahora, los mismos campos y

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