El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
-No hay nada como un buen bastón para alige- rar el camino -replicó el forastero-, y el mío es excelente, como puedes ver. El bastón, en efecto, era el más extraño que Filemón había visto en su vida. Estaba hecho de madera de olivo y tenía en el puño como un par de alitas. Dos serpientes, talladas en la madera, se retorcían alrededor del palo. Estaban tan bien esculpidas que al anciano Filemón (cuyos ojos, como ya he dicho, eran un poco débiles) casi le parecieron vivas. -Curioso trabajo, en verdad -dijo-. ¡Un bastón con alas! No sería un mal caballito de palo para un niño. Filemón y sus huéspedes ya habían llegado a la puerta de la casa. -Amigos -dijo el viejo-, sentaos y descansad en este banco. Mi mujer, Baucis, ha ido a ver qué puede daros de comer. Somos pobres, pero vuestro es todo lo que haya en la despensa.
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