El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

vial, a pesar de su cansancio y su incomodi- dad-. Este es un recibimiento muy distinto del que hemos encontrado en el pueblo. ¿Cómo vives rodeado de vecinos tan malos? -¡Ah! -observó Filemón con tranquila y bonda- dosa sonrisa-, creo que la Providencia me ha puesto aquí, entre otras razones, para que pueda desagraviaros por la falta de hospitali- dad de mis vecinos. -¡Bien dicho, viejo! -exclamó el viajero echán- dose a reír-. Y, a decir verdad, mi compañero y yo necesitamos desagravios. Esos chiquillos, ¡grandísimos tunantes!, nos han puesto perdi- dos de barro, y uno de los perros me ha rasga- do la capa, que ya estaba la pobre bastante andrajosa. Pero le he dado en el hocico con el bastón. Imagino que lo habréis oído aullar desde aquí. Filemón se alegró al verlo tan contento. En realidad, nadie habría dicho, por su risueño as- pecto y por sus modales, que venía cansado

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx