El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
Los dos viajeros iban pobremente vestidos y parecían no tener dinero bastante en el bolsi- llo para pagar el alojamiento de una noche. Por eso, sin duda, los del pueblo habían permi- tido a sus hijos y a sus perros que los tratasen tan mal. -Vamos, mujer -dijo Filemón-, salgamos al en- cuentro de esa pobre gente. Sin duda les falta valor para subir hasta aquí. -Anda tú -dijo la mujer-, mientras yo voy den- tro y veo si encuentro algo para darles de comer. Una buena taza de sopas de leche me parece que les sentará muy bien. Diciendo esto, entró en la casa. Filemón, por su parte, se adelantó y alargó la mano con aire tan hospitalario que casi no hacía falta decir lo que, sin embargo, dijo con el tono más amable que podáis figuraros. -¡Bienvenidos, señores forasteros, bienveni- dos! -Gracias -respondió el más joven con tono jo-
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