El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
tanta tristeza al oír los gritos y ladridos que les llegaban desde el extremo de la calle del pue- blo. -Nunca he oído a los perros ladrar con tanta furia -observó el buen anciano. -Ni a los chiquillos gritar tanto -respondió su mujer. Se miraban cabeceando, y el ruido se acercaba cada vez más hasta que, al pie mismo del montículo sobre el que estaba edificada su ca- sita, vieron a dos caminantes que se aproxima- ban. Los perros los seguían de cerca, ladrando. Un poco más atrás venían corriendo multitud de chiquillos que chillaban y tiraban piedras a los dos forasteros. Una o dos veces, el más joven de los dos (era delgado y de aspecto muy vivo) se volvió y golpeó a los perros con un bastón que llevaba en la mano. Su compa- ñero, que era muy alto, andaba despacio, como si no se dignase reparar en los chiquillos ni en los perros.
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