El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

tenían aquellos niños y aquellos perros) eran capaces de rodear leguas enteras por no vol- ver a pasar por el pueblo. Y lo peor de todo era que cuando pasaba por allí algún viajero que llevaba coche con bue- nos caballos y sirvientes con ricas libreas acompañándolo, no había gente más amable y obsequiosa que los habitantes de aquel pue- blo. Se quitaban todos el sombrero y hacían profundas reverencias. Y, si los niños chillaban por tener costumbre de hacerlo, se ganaban un buen pellizco; y, si un solo perro se atrevía a ladrar, su amo le daba una paliza y lo ataba sin darle de cenar; todo lo cual habría estado muy bien, de no haber sido porque demostra- ba que los aldeanos se preocupaban mucho del dinero que los forasteros pudieran llevar en el bolsillo, y no se preocupaban nada del alma humana, que lo mismo vive en el mendi- go que en el príncipe. Ahora podéis comprobar por qué el anciano Filemón y su mujer, Baucis, hablaban con

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