El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
no tenían lástima de los pobres ni compasión con los desvalidos. Si les hubiese dicho alguien que todo ser humano tiene una deuda de amor con los demás hombres, porque ese es el único modo de pagar el amor que a todos nos tiene la Providencia, se habrían echado a reír. Trabajo os costará creer lo que voy a con- taros. Aquellas gentes malvadas enseñaban a sus hijos a ser peores que ellos y aplaudían, para animarlos, cuando veían a los niños y niñas correr detrás de algún forastero pobre, dando gritos y tirándole piedras. Criaban pe- rros grandes y feroces y, cuando un viajero se atrevía a pasar por las calles del pueblo, aque- llos animales lo seguían enseñando los dientes y ladrando. Luego, si podían, le mordían una pierna o la ropa y, si el infeliz ya iba andrajoso antes de entrar en el pueblo, cuando salía de él era una pura lástima. Era terrible para los pobres caminantes, como podréis suponer, es- pecialmente cuando estaban enfermos o débi- les, o eran cojos o viejos. Estos infelices (si co- nocían previamente el modo de portarse que
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