El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-Mujer -dijo Filemón-, me parece que algún pobre viajero viene buscando hospitalidad y que nuestros vecinos, en vez de darle alimen- to y posada, han soltado contra él los perros, como suelen hacer. -Sí -respondió Baucis-. Ya podían nuestros ve- cinos tener un poco más de bondad con sus semejantes y no educar a sus hijos con tan malos sentimientos, animándolos a tirar pie- dras a los forasteros. -Estos niños no harán nunca nada bueno -dijo Filemón moviendo la cabeza ya blanca-. A decir verdad, esposa mía, no me sorprenderá que el día menos pensado le suceda algo terri- ble a toda la gente del pueblo, si no se en- mienda. Pero tú y yo, mientras la Providencia nos dé un pedazo de pan, estaremos dispues- tos a compartirlo con cualquier pobre foraste- ro que lo necesite. -Es verdad -dijo Baucis-. Así lo haremos. Estos dos viejos eran muy pobres y tenían que

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