El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
de modo sorprendente, y colgada al costado una espada corta y muy retorcida. Tenía as- pecto de gran ligereza y soltura de movimien- tos, como hombre acostumbrado a ejercicios gimnásticos, a correr y a saltar. Y, sobre todo, tenía una expresión tan alegre, tan inteligente y tan servicial -aunque, por supuesto, un poco maliciosa- que Perseo se animó en cuanto le miró a la cara. Además, como en realidad era valiente, le dio muchísima vergüenza que al- guien le hubiese encontrado con lágrimas en los ojos, como a un chiquillo de la escuela, cuando, al fin y al cabo, a lo mejor no había motivo para desesperarse. Se enjugó los ojos y respondió al desconocido prontamente, po- niendo la cara más alegre que pudo. -No estoy triste -dijo-, sino que pienso en una aventura que he emprendido. -¡Oh! -respondió el desconocido-. Cuéntame en qué consiste y a lo mejor yo te sirvo de algo. He ayudado a muchos jóvenes en aven- turas que al principio parecían bastante difíci-
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