El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

jugar de Tanglewood, ni junto a la lumbre, sino a media ladera de una enorme colina, o más bien montaña, pues casi podemos atre- vernos a llamarla así. Habían salido de casa con el valeroso propósito de subir esta alta co- lina hasta la Cumbre Pelada. Claro que no era tan alta como el Chimborazo o el Mont Blanc. De todos modos, era más alta que miles de co- llados o que millones de toperas. Y, si pensa- mos en los cortos pasos de los niños peque- ños, se la podía considerar una montaña ver- daderamente respetable. ¿Iba con ellos el primo Eustace? De eso podéis estar seguros; porque, de no ser así, ¿cómo iba el libro a adelantar un solo paso? Estaba ahora en sus vacaciones de primavera y tenía más o menos el mismo aspecto que cuando le vimos hace cuatro o cinco meses, solo que, si se le miraba muy de cerca, se podía advertir sobre el labio superior un asomo de bigote muy cómico. Dejando aparte esta señal de ma- dura virilidad, pueden seguir considerando a Eustace tan chiquillo como cuando lo conocie-

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