El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
de ser un poco más anchos que los míos o que los de tu padre, y en general un poco más que los de cualquier hombre de ahora. -Me gustaría -murmuró Arándano, acercando sus labios al oído del estudiante - que me dijeras qué tamaño tenían las enci- nas que brotaron entre los dedos del gigante. -Eran tan grandes -dijo Eustace- como el casta- ño que hay delante de la casa del capitán Smith. -Eustace -observó el señor Pringle, después de un momento de meditación-, me es imposible expresar sobre este cuento una opinión que halague tu amor propio de autor. Te aconsejo que no vuelvas a meterte con los mitos clási- cos. Tu imaginación es completamente gótica, e inevitablemente dará un carácter gótico a todo lo que toques. Lo cual es de tan mal efec- to como embadurnar con pintura una estatua de mármol. ¡Ese gigante! ¿Cómo te has atrevi- do a intercalar esa masa inmensa y despropor-
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