El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
rante todo el cuento había estado sentado a los pies del narrador con la boca abierta-, ¿qué altura exacta tenía el gigante? -¡Oh, Arándano, Arándano! -exclamó el estu- diante-. ¿Crees que estaba yo allí con la vara en la mano para tomarle las medidas? En fin, si quieres saberlo, poco más o menos, supon- go que debía tener de cinco mil a veinticuatro mil metros de alto, y que habría podido sen- tarse en los montes Taconic y tener Monu- ment Mountain como reposapiés. -¡Dios mío! -dijo el niño con un gruñido de sa- tisfacción-. ¡Eso es ser gigante de veras! ¿Y cómo de largo tenía el dedo meñique? -Desde esta casa al lago -dijo Eustace. -¡Eso es ser gigante de veras! -repitió Arán- dano, extasiado ante la precisión de las medi- das-. ¿Y qué anchura tenían los hombros de Hércules? -Eso no he podido averiguarlo nunca -respon- dió el estudiante-. Pero supongo que debían
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