El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
¡Ah, qué torpe era aquel gigante! Echó a rodar las áureas manzanas y recibió otra vez el cielo de la cabeza y las espaldas de Hércules sobre las suyas, que eran las que debían sostenerlo. Hércules recogió las tres manzanas de oro, grandes como calabazas o más, y se fue sin prestar la menor atención a las desaforadas voces que daba el gigante gritándole que vol- viera. Alrededor de sus pies creció una nueva selva, y se hizo vieja allí, y otra vez pudieron verse robles de cinco o seis siglos, que se ha- bían hecho añicos entre sus enormes dedos. Allí está aún el gigante, y por lo menos allí hay una montaña tan alta como él y que lleva su nombre. Y, cuando el trueno retumba en la cima, podemos imaginar que es la voz del gi- gante Atlas, que llama a Hércules en vano. Al calor del hogar de Tanglewood Después del cuento -Primo Eustace -preguntó Arándano, que du-
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