El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-Claro, claro -respondió Atlas-. ¡Y qué hermo- sas son! He cogido las mejores que había en el árbol; puedes estar seguro, y el dragón de las cien cabezas es cosa digna de verse. Al final más te habría valido ir tú mismo a buscarlas. -No te preocupes -replicó Hércules-. Has hecho una excursión agradable y has arregla- do el asunto tan bien como hubiera podido hacerlo yo. Te doy las gracias muy de veras por el trabajo que te has tomado. Y ahora, como debo ir lejos y tengo prisa, porque el rey, mi primo, está impaciente por recibir las manzanas de oro, ¿tendrás la amabilidad de volver a coger el cielo quitándolo de encima de mis hombros? -En eso -dijo el gigante tirando al aire las man- zanas a veinte leguas de altura o algo así y co- giéndolas cuando caían-, en eso me parece, mi buen amigo, que eres poco razonable. ¿No po- dría llevar yo las manzanas de oro al rey, tu primo, mucho más deprisa que tú? Ya que su majestad tiene tanto afán por recibirlas, yo te

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