El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
tenía sobre su conciencia una responsabilidad tan inmensa como el peso que llevaba sobre la cabeza y los hombros; pues, como se moviera él, el cielo se movería también, y podría ocu- rrir que el sol se saliera de su sitio o que, des- pués de anochecer, lo hicieran las estrellas y cayeran como lluvia de fuego sobre la cabeza de la gente. Y ¡qué vergüenza para el héroe si, por no aguan- tar firmemente el peso, crujía el cielo y se raja- ba de punta a punta! No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que, con alegría indecible, vio de nuevo la inmensa forma del gigante, como una nube, en el re- moto límite del mar. Cuando se acercó Atlas alzó la mano y Hércules pudo distinguir tres magníficas manzanas de oro, grandes como calabazas, pendientes de una rama. -Me alegro de volver a verte -gritó Hércules cuando el gigante estuvo suficientemente cerca para oírle-. ¿De modo que traes las man- zanas de oro?
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