El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

e iré y volveré antes de que empiecen a doler- te los hombros. -Entonces, bueno -respondió Hércules-. Subiré a la montaña que hay detrás de ti y te libraré de tu carga. La verdad es que Hércules era muy compasivo y consideró que haría un gran favor al gigante dándole aquella oportunidad de hacer una es- capatoria. Además, pensó que, si conseguía sostener el cielo, alcanzaría más gloria que con hazaña tan corriente como vencer a un dragón de cien cabezas. Así pues, sin decir palabra, Hércules levantó el cielo de las espaldas de Atlas y lo puso sobre las suyas. Cuando se cerró el trueque sin novedad, lo pri- mero que hizo el gigante fue desperezarse, y os podéis imaginar qué prodigioso espectáculo sería. Primero, con mucho cuidado, sacó un pie de la selva que había crecido a su alrede- dor; luego, el otro. Después, de pronto, co- menzó a brincar, a saltar y a bailar de alegría por verse libre. Se lanzaba al aire, no se sabe

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