El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
do toda de metal, flotaba sobre el mar embra- vecido más ligera que una cáscara de nuez en las aguas de un arroyo. Las olas la empujaron hasta que rozó la orilla, a corta distancia del sitio en donde estaba Hércules. Tan pronto como sucedió esto, comprendió el héroe lo que tenía que hacer: le habían ocurri- do tantas aventuras notables que sabía per- fectísimamente cómo había de comportarse cuando sucediera algo que se apartaba de lo acostumbrado. Estaba claro como la luz del día que aquella copa maravillosa había sido envia- da al mar por algún poder oculto y guiada hasta allí a fin de llevar a Hércules a través de las olas, en su ruta hacia el jardín de las Hespé- rides. Así pues, sin perder un momento saltó por encima del borde y se deslizó hasta el fondo, en donde, extendiendo su piel de león, se dispuso a reposar un rato. Hasta entonces casi no había descansado desde que se despi- dió de las jovencitas a la orilla del río. Las olas se estrellaban, con agradable y metálico soni- do, contra la superficie de la cóncava copa; la
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