El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
cía con gran brillo, casi como el redondo y do- rado disco del sol cuando se alza o se pone tras el confín del mundo. Se iba acercando de forma evidente, porque a cada momento aquel objeto maravilloso se hacía más grande y más brillante. Al cabo se acercó tanto que Hércules reconoció que era una inmensa copa o tazón de oro de bronce pulido. Cómo flotaba sobre el mar es cosa que yo no sé explicaros; de todos modos, allí estaba balanceándose sobre las olas tumultuosas que la mecían a un lado y a otro levantando sus crestas espu- meantes contra las paredes, pero sin que la espuma pasara nunca por encima del borde. “He visto muchos gigantes en mi vida -pensó Hércules-, pero ninguno que para beber nece- sitara semejante copa”. Y, en verdad, ¡vaya una copa hubiera sido! Era tan grande… tan grande… ¡Me asusta deciros lo inmensamente grande que era! Para com- pararla con algo, os diré que era diez veces mayor que una gran piedra de molino y, sien-
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