El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
punta. Los dientes de las gorgonas eran terri- blemente largos. Las manos las tenían de bronce. Y el cuerpo, cubierto de escamas, que, si no eran de hierro, eran por lo menos tan duras e impenetrables como él. También te- nían alas, y hermosísimas, os lo aseguro, por- que todas las plumas eran de oro purísimo, brillante, centelleante, bruñido; podéis imagi- naros cómo resplandecía cuando las gorgonas iban volando a la luz del sol. Pero, cuando alguien llegaba a atisbar un re- flejo de aquel resplandor, pocas veces se dete- nía a mirarlo, sino que corría y se escondía a toda prisa. Quizá creáis que tenía miedo de que lo mordiesen las serpientes que servían de cabello a las gorgonas, o de que lo destro- zasen los terribles colmillos, o las garras de bronce. Todos esos peligros, aunque grandísi- mos, no eran los más difíciles de evitar. ¡Lo peor de aquellas abominables gorgonas era que, si un pobre mortal miraba de frente a una de aquellas caras, estaba seguro de que en el mismo instante su carne y sangre caliente se
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