El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
puso los ojos sobre aquella extraña figura, se convenció de que no podía ser más que el Viejo, el que había de indicarle su camino. Sí: era el mismísimo Viejo del Mar, de quien le habían hablado las hospitalarias jovencitas. Dando gracias a su estrella por la buena suerte de encontrarlo dormido, Hércules fue hacia él de puntillas y lo cogió de un brazo y de una pierna. -Dime -exclamó, antes de que el Viejo estuvie- ra despabilado del todo-, ¿por dónde se va al jardín de las Hespérides? Como fácilmente podréis suponer, el Viejo del Mar se despertó asustado. Pero su asombro apenas fue mayor que el que tuvo Hércules un momento después. Porque, de pronto, pareció que el Viejo se le deshacía entre los dedos, y en su lugar se encontró sujetando a un ciervo por una pata trasera y otra delantera. Pero si- guió apretando. Entonces desapareció el ciervo, y en su lugar
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