El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

después de haber sido cortada. Así que me vi obligado a enterrarla bajo una gran piedra, donde, sin duda, hoy mismo estará viva toda- vía; pero el cuerpo de la Hidra, con sus otras ocho cabezas, ya no volverá a hacer daño a nadie. Las jóvenes, calculando que su relato iba a durar un buen rato, habían preparado una me- rienda de pan y uvas para que el forastero pu- diera refrescarse en los intervalos de su charla. Lo animaban a tomar tan frugal alimento y de cuando en cuando una de ellas se ponía un dulce grano de uva entre los labios rojos, para que él no se avergonzara de comer solo. El viajero pasó a contar cómo había dado caza a un velocísimo ciervo corriendo detrás de él un año entero, sin pararse ni a tomar aliento, y cómo lo cogió por fin por los cuernos, lleván- doselo vivo a casa. Y cómo había peleado con una raza extrañísima, mitad caballos y mitad hombres, y los había matado a todos, creyén- dolo su deber, para que nunca volvieran a

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