El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
con riqueza. La luz blanca de la lámpara que colgaba del techo y el rojo reflejo del fuego volvían la sala brillante y alegre; junto a la lumbre, en un gran sillón, estaba sentado el señor Pringle. Era un caballero alto y simpáti- co, con una gran calva, y siempre iba tan bien vestido que Eustace Bright no se atrevía nunca a presentarse ante él sin pararse un momento en la puerta para arreglarse el cuello de la ca- misa. Pero ahora, como Siempreviva lo llevaba cogido de una mano y Pimpinela de la otra, se vio obligado a entrar con una pinta bastante desaliñada, como si hubiese pasado el día ro- dando entre la nieve, lo cual era verdad. El señor Pringle se volvió hacia el estudiante con gesto benévolo, desde luego, pero de un modo que le hizo sentir lo despeinado y mal cepillado que iba y lo mal peinados y mal cepi- llados que estaban también sus pensamientos. -Eustace -dijo el señor Pringle con una sonrisa- , me he enterado de que estás causando gran- dísima sensación entre el pequeño público de
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