El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
tancia y venir con nosotras al salón. Los niños han hablado tanto de tus cuentos que mi padre quiere escuchar uno de ellos para saber si puede hacernos algún daño oírlos. -¡Bah, bah, Siempreviva! -exclamó el estudian- te un poco molesto-. No me creo capaz de contar ninguno de mis cuentos en presencia de personas mayores. Además, tu padre es un erudito y un humanis- ta; no es que me dé miedo su erudición, que estará tan oxidada como un cuchillo viejo, pero estoy seguro de que discutirá la admira- ble tontería que he puesto en estas maravillo- sas historias, sacada de mi propia cabeza, que constituye su mayor encanto para chiquillos como vosotros. Ningún hombre de cincuenta años que haya leído los mitos clásicos en su ju- ventud puede comprender mi mérito al rein- ventarlos y mejorarlos. -Puede que todo eso sea verdad -dijo Siempre- viva-, pero no tienes más remedio que venir. Mi padre no abrirá su libro ni mamá el piano
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