El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

sol invernal entre las montañas. Cuando el sol estaba ya bastante bajo, nuestro amigo Eustace volvió a casa a cenar. Después de la cena se encerró en el despacho, con el propósito, me figuro, de escribir una oda, dos o tres sonetos o versos de una u otra índole en alabanza a las nubes púrpura y oro que había visto en torno al sol poniente. Pero, antes de haber decidido la primera rima, se abrió la puerta y aparecieron Siempreviva y Pimpinela. -¡Marchaos, chiquillas! ¡Ahora no puedo per- der el tiempo con vosotras! -exclamó el estu- diante mirándolas por encima del hombro con la pluma en la mano-. ¿Qué diablos queréis? ¡Creía que estabais todas en la cama! -Óyelo, Pimpinela -dijo Siempreviva, hablando como si fuera una persona mayor-. Parece ol- vidar que yo ya tengo trece años y que puedo irme a la cama todo lo tarde que quiera. Primo Eustace, puedes abandonar tu aire de impor-

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