El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

poner la mano en la tapa y estaba a punto de abrir la caja. Epimeteo la miró. Si hubiese dado un grito, Pandora probablemente habría reti- rado la mano y el tremendo misterio de la caja no se habría sabido nunca. Pero Epimeteo, aunque nunca hablaba de ello, tenía también su poquito de curiosidad por saber lo que había en el interior. Compren- diendo que Pandora estaba decidida a descu- brir el secreto, decidió que su compañera no había de ser la única en enterarse. Y, si dentro de la caja había algo bonito o que valiese la pena, también él quería su parte. Así que, des- pués de tantos prudentes consejos a Pandora para que frenase su curiosidad, Epimeteo se volvió casi tan insensato como ella y casi tan culpable como su compañera. De modo que, si echamos la culpa a Pandora de lo que sucedió, hemos de echársela también a Epimeteo. Cuando Pandora levantó la tapa, la casita se quedó muy oscura y muy triste porque la nube negra había ocultado del todo el sol y parecía

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