El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
parecido siempre, tienen más habilidad para hacer guirnaldas de flores; pero los niños de aquellos tiempos eran más hábiles que los de ahora. Y este es el momento de decir que hacía ya algún tiempo que una gran nube negra corría por el cielo, aunque todavía no había ocultado la luz del sol. Pero, cuando Epimeteo entró en su casita, la nube cerró el paso a la luz y se produjo una repentina y triste oscuridad. Epimeteo entró despacito, porque quería, a ser posible, llegar sin que le oyese Pandora y ponerle en la cabeza la guirnalda de flores antes de que ella reparara en su presencia. Pero no había necesidad de entrar tan despa- cio. Aunque hubiese dado pasos fuertes y rui- dosos, tan ruidosos como los de un hombre, casi iba a decir como los de un elefante, segu- ramente Pandora no lo habría oído llegar. Estaba demasiado absorta en sus malos pro- pósitos. En el momento en que Epimeteo entró en la casita, la chiquilla acababa de
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