El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

Pero creo que, a pesar de todo, soy capaz de desatarlo. Por lo menos, quiero encontrar los dos cabos de la cuerda”. Cogió el nudo de oro entre las manos y se puso a observarlo con la mayor atención. Casi sin intentarlo se encontró con que estaba em- pezando a desatarse. Mientras, el sol entraba por la ventana abier- ta, y con él las voces de los niños que jugaban lejos, y acaso entre ellas la voz de Epimeteo. Pandora se detuvo a escuchar. ¡Qué hermoso día! ¿No sería mejor dejar en paz aquel molesto nudo, no volver a pensar en la caja, ir con sus compañeros y jugar y ser feliz? En todo este tiempo, sin embargo, sus dedos, medio inconscientemente, estaban ocupados con el nudo y, al mirar la cabeza ceñida con una guirnalda de flores representada en la tapa de la caja encantada, le pareció que le hacía una mueca.

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