El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
nada que hacer. Barrer un poco y quitar el polvo de la casita, supongo, cortar flores fres- cas (que abundaban por todas partes) y poner- las en los floreros, y ya estaba hecho todo el trabajo del día de la pobre Pandora, y, para todo el resto del tiempo, ¡allí estaba la caja! A fin de cuentas, no estoy seguro de que en este aspecto la caja no fuese para ella una suerte. ¡Porque le proporcionaba muchas ideas en que pensar y sobre que hablar, cuan- do encontraba a alguien que la escuchase! Cuando estaba de buen humor, podía divertir- se admirando el brillo de sus caras y la rica orla de hermosos rostros y follaje que la ro- deaba. O, si estaba de mal humor, por casuali- dad, podía darle un empujón o un puntapié. Y muchos recibió la caja (era una caja malévola, como hemos de ver, y bien los merecía). Pero lo cierto es que, de no haber sido por la caja, Pandora, que tenía una inteligencia tan viva, no habría sabido en qué pasar el tiempo. Porque era, realmente, ocupación sin fin cal-
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